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¿Perdió Estados Unidos la guerra contra Irán?

Una reflexión sobre estrategia, poder y la diferencia entre vencer en el campo de batalla y ganar la guerra política.

Desde mi perspectiva, el conflicto reciente entre Estados Unidos e Irán constituye un caso de estudio particularmente interesante sobre la distancia que puede existir entre la retórica de la fuerza y los resultados estratégicos reales.

El denominado Memorando de Islamabad, alcanzado en junio de 2026 mediante la intermediación de Pakistán, fue presentado inicialmente como un paso para detener la guerra, aliviar el bloqueo sobre Irán y reabrir el Estrecho de Hormuz. Se trataba, sin embargo, de un acuerdo provisional de 14 puntos y no de un tratado de paz definitivo. Además, establecía un periodo de 60 días para negociar los asuntos más difíciles.

Los acontecimientos posteriores demostraron su fragilidad. Durante las semanas siguientes, Washington y Teherán se acusaron mutuamente de violar sus compromisos, mientras se renovaban las tensiones militares y marítimas. Por ello, cualquier evaluación del conflicto debe partir de una realidad: el memorando no produjo todavía una paz estable y su supervivencia se encuentra seriamente comprometida.

La historia y la narrativa de la victoria

Esta situación me recordó algunos pasajes de mi libro, “El día que el Águila voló del nido”, en el que abordo episodios de la guerra entre México y Estados Unidos, entre ellos la Batalla de La Angostura, también conocida como Buena Vista, librada los días 22 y 23 de febrero de 1847.

Aquella batalla continúa siendo interpretada de manera diferente según la memoria histórica desde la cual se observe. Las fuerzas mexicanas infligieron pérdidas importantes al ejército estadounidense, pero Santa Anna terminó retirándose hacia San Luis Potosí. Por ello, la historiografía estadounidense la presenta generalmente como una victoria de Zachary Taylor, mientras que desde México persiste una lectura más compleja sobre lo ocurrido y sobre la manera en que Estados Unidos construyó posteriormente su propia narrativa de la guerra.

La comparación no implica que ambos conflictos sean equivalentes. Lo que tienen en común es la importancia de la narrativa: las naciones no solo combaten en el campo de batalla; también luchan por determinar cómo será recordado el resultado.

¿Qué establecía el Memorando de Islamabad?

El memorando contemplaba, entre otros puntos:

  • Un cese temporal de las hostilidades.
  • La reducción gradual del bloqueo naval estadounidense.
  • La facilitación del tránsito comercial por el Estrecho de Hormuz.
  • Un periodo de 60 días para negociar un acuerdo más amplio.
  • Compromisos iraníes relacionados con el carácter pacífico de su programa nuclear y la supervisión de sus reservas de uranio por la OIEA.
  • Medidas de alivio económico, liberación de activos y apoyo internacional para la reconstrucción de Irán.

Uno de los elementos más controvertidos fue la incorporación de un programa de reconstrucción económica valorado en al menos 300 mil millones de dólares, respaldado por inversión privada y socios regionales, condicionado al cumplimiento del acuerdo. Para algunos observadores representa un incentivo para consolidar la paz; para otros, constituye una concesión significativa hacia un adversario que no fue obligado a rendirse.

El problema fundamental es que los temas más delicados —el futuro del programa nuclear, los mecanismos de verificación, el poder misilístico iraní y la seguridad regional— no quedaron resueltos. Fueron aplazados para negociaciones posteriores.

¿Derrota, empate o pausa estratégica?

Afirmar que Estados Unidos “perdió la guerra” sería demasiado categórico. Sus fuerzas demostraron una superioridad militar considerable y golpearon infraestructura estratégica iraní.

No obstante, ganar enfrentamientos militares no equivale necesariamente a alcanzar los objetivos políticos.

Irán no se rindió, conservó capacidad para responder, continuó ejerciendo influencia regional y consiguió negociar importantes alivios económicos. Además, el programa nuclear quedó sujeto a futuras negociaciones y no a una solución definitiva.

Por esa razón, considero más preciso hablar de un estancamiento estratégico o de una victoria militar incompleta. Estados Unidos demostró su capacidad de destrucción, pero no consiguió transformar esa superioridad en un nuevo equilibrio político estable.

El desgaste del poder estadounidense

Toda guerra implica costos.

Más allá del resultado militar inmediato, el conflicto significó un importante consumo de recursos financieros, armamento de alta precisión, capacidades logísticas y capital político para Washington.

El verdadero desafío para cualquier potencia no consiste únicamente en demostrar fuerza militar, sino en convertir esa fuerza en resultados políticos duraderos.

En ese sentido, Irán no necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos. Le bastaba con resistir, elevar los costos del conflicto y evitar que Washington alcanzara una victoria política clara.

La relación con los aliados

El conflicto también puso a prueba las alianzas estadounidenses.

Muchos gobiernos necesitan la protección militar de Washington, pero al mismo tiempo buscan reducir su dependencia de decisiones unilaterales que puedan afectar la estabilidad energética y económica mundial.

Israel, por su parte, mantiene preocupaciones específicas sobre el programa nuclear y la capacidad misilística iraní. Cualquier acuerdo que únicamente congele temporalmente el conflicto, sin resolver esas cuestiones de fondo, inevitablemente genera dudas sobre su eficacia.

Más que una ruptura entre aliados, el conflicto ha evidenciado diferencias de prioridades que probablemente continuarán en los próximos años.

La fractura dentro del Partido Republicano

La guerra también expone una tensión política dentro del Partido Republicano.

Por un lado, Donald Trump construyó gran parte de su liderazgo prometiendo evitar guerras prolongadas y privilegiar los intereses nacionales estadounidenses.

Por otro, una parte importante de su base política espera que Estados Unidos proyecte fortaleza y no dé señales de retroceso frente a sus adversarios.

Ese equilibrio será cada vez más difícil de mantener.

Las elecciones legislativas de noviembre de 2026 ofrecerán una primera prueba sobre cómo perciben los votantes el manejo del conflicto y sus consecuencias económicas y estratégicas.

La batalla por el significado del conflicto

Quizá el aspecto más interesante de esta guerra no sea exclusivamente militar, sino político.

Trump buscará presentar cualquier alto al fuego como un acuerdo que evitó una escalada mayor.

Sus críticos argumentarán que el costo del conflicto no produjo los resultados originalmente planteados.

Ambas posiciones forman parte de una batalla mucho más amplia: la lucha por controlar la narrativa histórica.

Los gobiernos rara vez reconocen que una campaña terminó en estancamiento. Prefieren hablar de objetivos cumplidos, repliegues responsables o acuerdos necesarios.

Sin embargo, la historia suele juzgar los conflictos no por los discursos de sus protagonistas, sino por los resultados que dejan con el paso del tiempo.

Conclusión

¿Perdió Estados Unidos la guerra contra Irán?

Mi respuesta es que todavía no puede hablarse de una derrota militar convencional, pero tampoco de una victoria estratégica clara.

Estados Unidos demostró una capacidad militar superior, pero no obtuvo la rendición iraní, no logró una solución permanente para el programa nuclear y no consiguió establecer un nuevo equilibrio político estable en la región.

Irán, por su parte, sufrió daños importantes, pero logró resistir, conservar capacidad de presión y evitar que Washington impusiera unilateralmente el desenlace del conflicto.

La conclusión más prudente es que Estados Unidos ganó importantes batallas militares, pero todavía no ha demostrado haber ganado la guerra política.

Y quizá ahí se encuentre la principal lección.

Una potencia puede destruir objetivos, controlar temporalmente rutas estratégicas y obligar a su adversario a negociar. Sin embargo, si no consigue transformar esos resultados militares en una paz estable y en objetivos políticos verificables, la victoria permanece incompleta.

Como ocurrió en otros momentos de la historia, el juicio definitivo no dependerá únicamente de quién disparó más fuerte, sino de quién consiguió convertir el poder militar en un resultado político duradero.

— El Abuelo Armando

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